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Historias, Instituciones, Personajes

de Eduardo Alejandro Kesting

Una visita a la estancia “Monte Grande” en 1861

Oscar Andrés De Masi

Junio 2010

Resumen:

 

Thomas Woodbine Hinchcliff, de la Real Sociedad de Geografía de Londres visitó la Argentina en 1861. Publicó sus observaciones bajo el título de “South Amercian Sketches; or a visit to Rio de Janeiro, The Organ Mountains, La Plata and the Paraná”, aparecido en Inglaterra en 1863. El autor deseaba pasar una temporada en el campo y la oportunidad se la facilitó Federico Fair, hijo del terrateniente británico Thomas Fair, el propietario de la estancia Monte Grande. El autor ofrece un colorido relato de sus días en la estancia y de la antigua geografía, flora y fauna de la zona. Se destaca el encuentro con alguno de los viejos pioneros de la Colonia Escocesa de Santa Catalina.

 

Thomas Woodbine Hinchliff, de la Real Sociedad de Geografía de Londres, vino a la Argentina en 1861, y aunque su propósito era llegar hasta los Andes, sólo permaneció unos meses en Buenos Aires y sus alrededores. Publicó sus observaciones en la obra South American Sketches; or a visit to Rio de Janeiro, the Organ Mountains, La Plata and the Parana, aparecida en Inglaterra en 1863. En 1955 hubo una versión española preparada por José Luis Busaniche y con un estudio preliminar del coleccionista Rafael Alberto Arrieta con el título Viaje al Plata en 1861 (Hachette, Buenos Aires)(1).

 

El viajero confesaba que, pese a “los muchos placeres sociales de que gozaba en un lugar tan agradable como Buenos Aires, deseaba pasar una temporada en pleno campo (p. 78). La oportunidad la facilitaron los hijos de Mr. Thomas Fair(2), propietario de estancias en la Banda Oriental y en la Provincia de Buenos Aires. Una de sus estancias más pequeñas, dice el cronista, llevaba el nombre de Monte Grandey se situaba “solamente a veinte millas al sur de la ciudad” (p. 79)(3). Acompañado de Federico Fair(4), Woodbine Hinchliff salió una mañana, cargando escopetas y material suficiente para una semana de cacería (ibídem). Atravesaron un gran matadero en los suburbios de Buenos Aires, espectáculo que le causó enorme desagrado. Luego, cruzaronel Riachuelo por un puente donde se paga el peaje (ibídem), que debió ser el llamado “paso de Zamora”, hoy puente de la Noria, originado en el antiguo sendero de cabalgaduras(5) y el mismo lugar por donde, en 1807, Whitelocke pasó a Buenos Aires(6).

 

Una vez en la otra banda del Riachuelo, comenzaron ya a sentirse agradablemente en el campo (ibídem). La primera novedad que sorprendió a los cazadores fue la cantidad de campos ya alambrados, innovación moderna (p. 80). que, supone el narrador, debía incomodar a los gauchos en su galope lejano. Pero, pronto ese signo de civilización desaparece y termina el camino” (ibídem), abriéndose las ilimitadas pampas. Ahora galopaban sobre el pasto corto, con rumbo a una señal distante en el horizonte que servía como guía. La falta de lluvias se notaba en el suelo duro y seco, pero en los lugares húmedos se veían gallaretas buscando lombrices, teru-terus, vizcachas y lechuzas. A poco de andar llegaron a un pequeño arroyo apenas más ancho que una zanja grande (ibídem). El viajero observa que un caballo inglés lo hubiera saltado sin dificultad, pero los caballos sudamericanos no poseen noción del salto y es peligroso el cruce, que debe hacerse por el mejor sitio para no perder al animal hundido en el fondo barroso. La marcha continuó por el bañado (p. 81), atravesando lagunas poco profundas, ocultas por altos juncos y arbustos (ibídem), y repletas de aves silvestres: patos, cercetas, gallaretas, gallinas de agua, cigüeñas, mirasoles y grullas. También divisaron grandes cuervos, volando en círculo en busca de carroña. Más adelante, dieron conun río más ancho (ibídem), conectado con las lagunas (¿arroyo y laguna de Santa Catalina?). Lo cruzaron, con el agua hasta la cincha y el fondo firme, a instancias de Fair que lo conocía. Ya dos millas antes de llegar a la casa de campo, entraron en un gran bosque del que toma el nombre de Monte Grande (p. 82). Pero los árboles no eran buenos, apenas unos talas(7). La hierba era muy alta yandaba por ahí mucho vacuno y caballar. Se veían verdaderas nubes de caranchos, halcones y milanos picoteando las osamentas. También, patos volando con dirección a las lagunas. Desensillaron en la casa y una vieja ama de llaves escocesa, Mrs. Macdonald, los recibió. Las alacenas estaban bien provistas con latas de conservas, botellas de vino y galletas. También se percataron de que habiendo tantas ovejas no les faltaría carne de cordero, amén de los patos y perdices que esperaban cazar (p. 83). La casa era de una sola planta, con azotea a la cual se llegaba por una escalera. Poseía, además, galerías al frente y por detrás, que proveían aire fresco, sombra y abrigo a los cómodos cuartos (ibídem).A espaldas de la casa se extendía un terreno cercado que había sido un jardín cuando la casa era residencia de sus dueños (ibídem), lo cual indica a las claras que ya no vivían allí(8). A poca distancia se ubicaba una hilera de piezas para habitación del encargado y el capataz. Algo más lejos, los peones se tiraban en el suelo envueltos en sus ponchos. También se ubicaban cerca de la casa los corrales de caballos y de ovejas.

 

Almorzaron bien tarde, porque al finalizar, el sol acababa de ponerse (p. 84). Y mientas el cielo se cubría de estrellas, los perros ladraron por un rato y luego todo quedó tranquilo (ibídem) y en silencio.

 

Al día siguiente, muy temprano, iniciaron la jornada, escuchando el canto de los horneros. Salieron de cacería, almorzaron y luego partieron para las lagunas, “hacia el noroeste” (p. 91). Los sorprendió la tormenta que se avecinaba y recalaron en “la casa solitaria de un viejo escocés” (p. 92) con las primeras gotas. El propietario era un tal Mr. Clarke(9), quien vivía con su mujer y su hija. Tenía cría de cerdos, pavos reales, palomos y aves de corral, todos mezclados. También criaba en una tina, dos peludos que estaban reservados como obsequio a Fair.

 

Pasada la tormenta, continuaron la marcha y se dedicaron a la cacería de flamencos rosados y patos. Pero la cercanía de la noche, los obligó a suspender la faena, pasando de vuelta por lo de Clarke, quien les proveyó jamón, ginebra y pan fresco. A la noche estaban de regreso en la estancia.

 

Al tercer día, cabalgaron por los alrededores de la estancia, llegando a la costa del arroyo que forma el límite de ella (p. 98). Los cuatro o cinco días siguientes también fueron de cabalgatas y cacería, con muy buen tiempo, volviendo regularmente a la casa entre las cuatro y las cinco de la tarde (p. 100). También visitaron estancias vecinas(10) (p. 104), ya que allí no había obstáculos ni alambrados que impidieran el paso. A lo lejos, uno o dos ombúes indicaban la residencia de los vecinos a quienes se visitaría (ibídem), los cuales podían ser tanto nativos como ingleses (p. 105). Como de costumbre, al final del día volvían a Monte Grande.

 

Al finalizar su estada en la estancia, atravesaron un monte de durazneros(11) con brotes plantado en el terreno de una casa vecina, desde donde partieron acompañados de una carreta de bueyes donde colocaron las armas, las alforjas y... ¡los armadillos regalados por Mr. Clarke! (p. 106).

 

Bibliografía

 

 

CITAS

  1. En adelante, las citas de páginas de esta obra corresponden a la edición mencionada.
  2. Para la biografía de Thomas Fair puede consultarse la entrada correspondiente en el “Diccionario de Británicos en Buenos Aires (primera época) de Maxine Hanon, Buenos Aires, 2005, P. 310 a 312. Fair llegó a amasar una fortuna inmensa, siendo uno de los más destacados residentes británicos en Buenos Aires, adonde había llegado en 1809. Su quinta, en lo que hoy es la zona del Parque Lezama, era magnífica y sirvió de residencia a los embajadores británicos.
  3. Thomas Fair fue adquiriente de las tierras de la fracasada colonia escocesa (Cfr. De Paula, Alberto S. J., y Gutiérrez, Ramón, Lomas de Zamora desde el siglo XVI hasta la creación del partido, 1861, La Plata, Archivo Histórico de la Provincia, 1969, pág. 129). La estancia “Monte Grande” de Fair fue, luego, el territorio sobre el cual se estableció el pueblo del mismo nombre, en el cuartel cuarto del partido de Lomas de Zamora (VidePueblo, colonia y centro manufacturero Monte Grande fundado por la sociedad Coni, Sansinena y Cía. en el partido de Lomas de Zamora el año 1889”, Buenos Aires, Imprenta de Pablo E. Coni e hijos, 1889).
  4. Según la anotación de Maxine Hanon, ob.cit., P. 312, Federico era el menor de los doce hijos de Thomas Fair y había nacido en Edimburgo en 1840, llegando al país en 1860, vale decir apenas un año antes de la excursión que relata Woodbine Hinchliff. Se registró como “estanciero”, se casó en 1864 con Joanna Amelia Graham y falleció en 1889.
  5. Vide De Paula, Alberto S. J.,Los pasos del Riachuelo en diario La Unión de Lomas de Zamora, 30-VIII-1970.
  6. Otras alternativas para el cruce pudieron ser el Paso chico o el Paso de Burgos (hoy Puente Uriburu, ex Alsina). No me inclino por el Puente de Gálvez (hoy Puente Pueyrredón) porque desemboca en el núcleo poblado de Barracas al Sur (hoy Avellaneda) y hubiera sido mencionado por el cronista. El texto claramente indica que luego de cruzar el Riachuelo el paisaje ya era rural.
  7. El tala, que abundaba en los alrededores de Buenos Aires en tiempos de la Conquista, fue mermando debido a su empleo como leña. Noel Sbarra (Historia del alambrado en la Argentina), señala que los hermanos Parish Robertson utilizaron talas para rodear un perímetro de más de dos mil hectáreas de labranza en la zona de Santa Catalina, en las Lomas de Zamora, donde se afincó la primera colonia escocesa, próxima a la estancia “Monte Grande”. Es casi seguro que los talas que menciona nuestro viajero fueran de aquella forestación. En igual sentido anota Alberto S. J. de Paula: Otra novedad introducida [por los escoceses de Santa Catalina] fue la de utilizar el espinillo tala para la formación de cercos vivos. En Lomas de Zamora, desde el siglo XVI hasta la creación del partido, 1861, La Plata, Archivo Histórico de la Provincia Doctor Ricardo Levene, 1969, pág. 128. Y lo mismo Cecilia Grierson: “Los colonos utilizaron el tala para hacer cercos vivos que les resultaban baratos y muy útiles (La primera y única colonia formada por escoceses en la Argentina”, Buenos Aires, Casa Jacobo Peuser, 1925, pág. 56).
  8. Maxine Hanon, ob. cit., anota que Thomas Fair con su familia había partido a Escocia entre 1830 y 1831, aunque no enajenó todas sus propiedades. El British Packet de Buenos Aires informó de su partida, after a residence in Buenos Aires of 22 years”.
  9. Debe tratarse de Thurnbull Clark, uno de los pobladores supérstites de Santa Catalina, que permaneció tras el colapso de la colonia escocesa en su finca La Chacra (vide de Paula, Alberto S. J. y Gutiérrez, Ramón, “Lomas de Zamora, desde el siglo XVI”... , ob. cit., pág. 130). Para datos biográficos, vide Maxine Hanon, “Diccionario... ”, pág. 216.
  10. La acotación del cronista (la casa solitaria de un viejo escocés) es muy atinente al espectáculo de abandono que debía ofrecer la zona en 1861, habiéndose despoblado la promisoria colonia. De la iglesia, como anotó Dodds, no quedaba “ni un ladrillo. En 1858, sólo permanecían habitadas por la viuda e hijos de Grierson tres chacras, más la cuarta de Clark (Cfr. De Paula, Alberto S. J. ob. cit., pág. 130).
  11. Los establecimientos vecinos podían ser remanentes de la colonia escocesa de Santa Catalina u otros como el de Leandro Muñoz, Pedro José Díaz, Antonio José de Latorre, o la Estancia “Remedios”. El núcleo de población más cercano y consolidado para esa época era el pueblo de Lomas de Zamora, originado en el reparto de chacras del año 1821.
  12. Las plantaciones de durazneros en las estancias de la zona, si bien eran de vieja data, fueron renovadas por los colonos escoceses de Santa Catalina, ocupando, junto con otros frutales, unas 420 hectáreas. También hubo especies transplantadas por orden del gobernador Dorrego, desde el Jardín de Aclimatación de la Recoleta a la Colonia (Cfr. De Paula, Alberto S. J.,La estancia de Santa Catalina en Lomas de Zamora, Revista de la UNLZ, Año II, Nº 2, 1983, pág. 44).

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